Noviembre de 2024
Magdalena Atria
La furia de los elementos
En el mes de Enero del año 1842 el barco Ariel, que había zarpado desde el puerto inglés de Harwich, fue sorprendido en el mar por una violente tormenta de nieve. A bordo iba un hombre de 67 años que, fascinado por la visión de las nubes borrascosas, los torbellinos de nieve y las montañas de agua a su alrededor, pidió a los marineros del barco que lo amarraran a uno de los mástiles, para así poder observar mejor ese espectáculo. Durante cuatro horas soportó ahí la furia de la tormenta, pensando que incluso la muerte era una posibilidad real. Pero su propósito, si sobrevivía, era registrar esa experiencia y mostrar esa escena de la manera más genuina posible a través de la pintura. Para la dicha de quienes hemos tenido la suerte de conocer su obra, William Turner sobrevivió. La pintura en cuestión es conocida como “Tormenta de nieve en el mar”, pero su título completo, consignado al reverso de la tela, es: “Tormenta de nieve: un vapor situado delante de un puerto hace señales en aguas poco profundas y avanza a la sonda. El autor se encontraba en esa tempestad la noche en que el Ariel abandonó Harwich”.
En una acción similar pero muy distante en el tiempo y en el espacio, el artista belga- mexicano Francis Alys desarrolló, entre los años 2000 y 2010, su proyecto “Tornado”, en el que, premunido de una cámara de video, corría por el desierto persiguiendo insistentemente los tornados que se producen cada temporada en el paisaje seco y árido de esa zona del sur de México. Su intención era entrar en el remolino hasta alcanzar su centro, ese punto siempre escurridizo en que por un instante se puede experimentar la calma en el centro de la tormenta. Los videos resultantes, inquietantes y cómicos al mismo tiempo, muestran el movimiento caótico de la cámara, la violencia del tornado, la confusión de la imagen y la respiración agitada del artista, interrumpidos por breves instantes de calma y silencio.
¿Cómo podemos entender esa necesidad del artista de estar “dentro” de la tormenta -en ese acto extremo de correr a su encuentro o de permanecer amarrado al mástil durante horas- para ser capaz de captarla y representarla con fidelidad a través de la pintura o el video?
Si consideramos el problema de la representación de la naturaleza, que ambas obras, a su manera, abordan, es notorio cómo el problema de la distancia se hace relevante: la distancia que debe tomar el artista respecto de la escena que desea representar; la distancia que le permite abarcar la enormidad sin límites del espacio y organizarla en un rectángulo pequeño y limitado. La organización visual del espacio, la distinción entre los planos, la apreciación de las variaciones de escala, de tono y color son todas operaciones que requieren distancia. Para “ver bien” algo debemos alejarnos de ese objeto: si estamos demasiado cerca sólo veremos manchas borrosas y desarticuladas. Cuando Turner y Alys buscan estar “dentro” de la tormenta para representarla mejor, lo que quieren es precisamente eliminar la comodidad de la distancia. Quieren privilegiar, por sobre la
claridad de la visión, la intensidad de la experiencia. Una experiencia que involucre no sólo al ojo sino a todos los sentidos, al cuerpo completo y -especialmente- a las emociones. Estar en el centro de la tormenta era fundamental para experimentar aquello que la distancia siempre domestica, y traducirlo en una imagen confusa y caótica pero fiel al impacto que dejó ese momento en el cuerpo y espíritu del artista. Sobre la pintura “Tormenta de nieve en el mar” -y ante el rechazo escandalizado que provocó en el público de la época- el mismo Turner declaró: “no la pinté para que fuera comprendida”.
Se inauguraba así, en el siglo 19, una nueva forma de relacionar el arte con la naturaleza y con la vida; una “manera de sentir” que privilegia la sensibilidad individual por sobre el discurso lógico, y la expresión libre antes que cualquier adhesión a un canon o regla. ¡Y qué imagen más perfecta para representar esa libertad que la de una tormenta!
Dos siglos más tarde nos encontramos, en Santiago de Chile, con una artista que no solo nos propone también hablar de tormentas sino que se enfrenta íntimamente a la creación desde una acérrima subjetividad, transgrediendo reglas e inventando formas únicas, “no hechas para ser comprendidas”.
Los colaboradores de Sofía Donovan, en este proyecto de vida y creación, son la tierra y el fuego, elementos contestatarios que no se doblegan dócilmente a su voluntad sino que traen lo suyo, ofrecen resistencia, a veces con furia. “La furia de los elementos” es una frase común y manoseada para referirse a las tormentas, pero elocuente para aludir a su fuerza descontrolada. Y esa furia que tan vívidamente representó Turner en sus pinturas es aceptada e incorporada por Sofía en un diálogo productivo que siempre es más que la suma de las partes.
Los procesos en que la tierra y el fuego originan todo eso que llamamos cerámica son desatados por Sofía para generar formas, colores y texturas impredecibles, raros, incómodos, atravesados por un impulso vital que, más allá de temas o conceptos, es el hilo conductor de todo su trabajo. Los objetos que salen de sus manos y que vemos en las páginas de este libro son siempre excesivos, desafían nuestras nociones de lo bien hecho, de lo equilibrado, de lo bello. Parecen estar a punto de desmoronarse, en un perpetuo estado de transición entre lo fluido y lo sólido, lo móvil y lo rígido... una transición que constituye la esencia misma de los procesos cerámicos, que a su vez reproducen en pequeña escala los procesos geológicos que a lo largo de millones de años han movilizado y configurado la corteza terrestre.
En las obras de Sofía se manifiesta, en un conflicto virtuoso y siempre sorprendente, la furia de los cuatro elementos que según los griegos constituían la totalidad de la materia: la tierra, el aire, el agua y el fuego. Pero también de esos otros elementos que son los que contiene la Tabla Periódica: cobre, cobalto, potasio, fierro, manganeso, cadmio, cromo y muchos otros que se conjugan para producir la casi infinita variedad de colores y texturas que vemos en estas obras. Las superficies que estos elementos y su interacción producen son alternativamente transparentes, translúcidas u opacas; hacen posible que la mirada
penetre en la profundidad del material o se quede suspendida en su cara exterior. Algunos esmaltes son mates y secos, y refuerzan esta impenetrabilidad de la superficie, pero su suavidad es también como la piel, muy táctil e incluso erótica. Otros son reflectantes y brillantes, parecen espejear su entorno al tiempo que lo distorsionan en la lente de las superficies convexas o cóncavas. Todos invitan a ser percibidos no sólo desde la distancia necesaria para abarcarlos con la mirada, para “verlos bien”, sino también desde la cercanía extrema de la textura, el tacto, la mano, la caricia. Y desde esa cercanía, como Turner amarrado al mástil en la tormenta o como Alys sumergiéndose en un torbellino, podemos experimentar la furia de estos elementos, que se convierte en una metáfora de resistencia, de lucha entre lo que se espera y lo que surge de forma inesperada.
Magdalena Atria Santiago, 2024